Cuando me emborracho se disuelve nuestra compañía. Sola estoy con mi frasco de ron, bajo un árbol enverdecido a la de a fuerzas. Callada, somnolienta, el cielo negro y late en mi pecho una balada de doloroso desdén.
Todavía en mi pecho el corazón sangra lento, yo solo lo tengo presente, ven a mi, amado mio, lleno de tus besos mis labios y a mi locura, dulcemente, lleva a la cárcel de tu abrazo. Llegó el arcángel, mi abismo se llenó de su mirada, no se si este aliento de agonía es vida o muerte alucinada... y fue así, aquel día volvió la sombra y regresé a mi nada.
El abismo de dolor, penetra mi espíritu, las voces me ensordecen y turban mis sueños y me introducen en un ambiente sutil con mi aura triste... hacen correr mi silencioso llanto yo soy como la nota de ese canto: dolorosa de todo lo que existe. El deseo es un vaso de infinita amargura, con mi mano sostuve tu corazón, observando como este se congelaba, tu palpitar era como el de un ave en agonía y me quedé atrapada de nuevo en la nada, como en éxtasis de olvido, en aquel mudo penar, nos pusimos a llorar con un llanto sin ruido...
Quiero morir cuando decline el día y entonces tu dirás de mi errante poesía, que era lo más triste y vulgar lo que de mi oías, beberás de mi ausencia, el edén me espera y el edén consiste en no anhelar, en la renunciación completa de toda posesión, quien no desea nada, donde quiera esta bien. Ojos claros y serenos, pequeños son tus ojos, los que me hand e mirar, mi partida vas acelerando, y tu, mi lucero, te vas apagando... y hoy, en la oscura luz del negro día, mi cuerpo y alma gritaron a la par: tuve miedo de amar con locura, de abrir mis heridas que suelen sangrar y no obstante toda mi sed de ternura, cerrando los ojos, la deje pasar...
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